Nuestra América
Por: José Martí (1853-1895)

Cree el
aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de
alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la
alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los
gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima,
ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos
engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos
tiempos no son para acostarse con el pañuelo en la cabeza, sino con las armas
en la almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio,
que vencen a las otras. Trincheras de
ideas valen más que trincheras de piedra.
No hay
proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el
mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de
acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse,
como quienes van a pelear juntos. Los que enseñan los puños, como hermanos
celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene
envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos.
Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en
la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano
castigado más allá de sus culpas, si no quieren que les llame el pueblo
ladrones, devuélvanle sus tierras al hermano. Las deudas del honor no las cobra
el honrado en dinero, a tanto por la bofetada. Ya no podemos ser el pueblo de
hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o
zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las
tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante
de las siete legua! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de
andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes.
A los
sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son
hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los
demás. No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas
pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede
alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le
roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan
al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes. ¡Estos hijos de
carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos
en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que
los crió, y reniegan, ¡bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el
lecho de las enfermedades! Pues, ¿quién es el hombre? ¿el que se queda con la madre,
a curarle la enfermedad, o el que la pone a trabajar donde no la vean, y vive
de su sustento en las tierras podridas con el gusano de corbata, maldiciendo
del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la
casaca de papel? ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus
indios, y va de menos a más estos desertores que piden fusil en los ejércitos
de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios, y va de más a menos!
¿Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres!
Pues el Washington que les hizo esta tierra ¿se fue a vivir con los ingleses, a
vivir con los ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra
propia? ¡Estos «increíbles» del honor, que lo arrastran por el suelo
extranjero, como los increíbles de la Revolución francesa, danzando y
relamiéndose, arrastraban las erres!
Ni ¿en
qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas
dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de
pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de
apóstoles? De factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se
han creado naciones tan adelantadas y compactas. Cree el soberbio que la tierra
fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra
de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no
le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso,
guiando jacas de Persia y derramando champaña. La incapacidad no está en el
país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los
que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con
leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de
diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le
para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyès no se desestanca
la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay
que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que
sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué
elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar,
por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible
donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la
Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden
con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de
ser el del país. La forma de gobierno ha de avenirse a la constitución propia
del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales
del país.
Por eso
el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los
hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo
exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la
falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y premia
la inteligencia superior, mientras esta no se vale de su sumisión para dañarle,
o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural,
dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la
susceptibilidad o le perjudica el interés. Por esta conformidad con los
elementos naturales desdeñados han subido los tiranos de América al poder; y
han caído en cuanto les hicieron traición. Las repúblicas han purgado en las
tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar
de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.
En
pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por
su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano, allí donde los cultos no
aprendan el arte del gobierno. La masa inculta es perezosa, y tímida en las
cosas de la inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno
le lastima, se lo sacude y gobierna ella. ¿Cómo han de salir de las
universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe
lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos
peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo,
con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no
conocen. En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que
desconocen los rudimentos de la política. El premio de los certámenes no ha de
ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en
que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse
adelante el estudio de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages; porque el que pone de
lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la
verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta
sin ella. Resolver el problema después
de conocer sus elementos, es más fácil que resolver el problema sin conocerlos.
Viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de
los libros, porque no se administra en acuerdos con las necesidades patentes
del país. Conocer es resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al
conocimiento es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea
ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al
dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es
preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos
nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras
repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle
el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo
que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.
Con los
pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo,
venimos, denodados, al mundo de las naciones. Con el estandarte de la Virgen
salimos a la conquista de la libertad. Un cura, unos cuantos tenientes y una
mujer alzan en México la república, en hombros de los indios. Un canónigo
español , a la sombra de su capa, instruye la libertad francesa a unos cuantos
bachilleres magníficos, que ponen de jefe de Centro América contra España al
general de España. Con los hábitos monárquicos, y el Sol por pecho, se echaron
a levantar pueblos los venezolanos por el Norte y los argentinos por el Sur.
Cuando los dos héroes chocaron, y el continente iba a temblar, uno, que no fue
el menos grande, volvió riendas. Y como el heroísmo en la paz es más escaso,
porque es menos glorioso que el de la guerra; como al hombre le es más fácil
morir con honra que pensar con orden; como gobernar con los sentimientos
exaltados y unánimes es más hacedero que dirigir, después de la pelea, los
pensamientos diversos, arrogantes, exóticos o ambiciosos; como los poderes
arrollados en la arremetida épica zapaban, con la cautela felina de la especie
y el peso de lo real, el edificio que habían izado, en las comarcas burdas y
singulares de nuestra América mestiza, en los pueblos de pierna desnuda y
casaca de Parí s, la bandera de los pueblos nutridos de savia gobernante en la
práctica continua de la razón y de la libertad; como la constitución jerárquica
de las colonias resistía la organización democrática de la República, o las
capitales de corbatín dejaban en el zaguán al campo de bota y potro, o los
redentores bibliógenos no entendieron que la revolución que triunfó con el alma
de la tierra había de gobernar, y no contra ella ni sin ella, entró a padecer
América, y padece, de la fatiga de acomodación entre los elementos discordantes
y hostiles que heredó de un colonizador despótico y avieso, y las ideas y
formas importadas que han venido retardando, por su falta de realidad local, el
gobierno lógico. El continente descoyuntado durante tres siglos por un mando
que negaba el derecho del hombre al ejercicio de su razón, entró, desatendiendo
o desoyendo a los ignorantes que lo habían ayudado a redimirse, en un gobierno
que tenía por base la razón; la razón de todos en las cosas de todos, y no la
razón universitaria de unos sobre la razón campestre de otros. El problema de
la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu.
Con los
oprimidos había que hacer una causa común, para afianzar el sistema opuesto a
los intereses y hábitos de mando de los opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la
presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye
venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta,
tiene al tigre encima. La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra
América se está salvando de sus grandes yerros -de la soberbia de las ciudades
capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación
excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la
raza aborigen-, por la virtud superior, abonada con sangre necesaria, de la
república que lucha contra la colonia. El tigre espera, detrás de cada árbol,
acurrucado en cada esquina. Morirá, con las zarpas al aire, echando llamas por
los ojos.
Pero
«estos países se salvarán», como anunció Rivadavia el argentino, el que pecó de
finura en tiempos crudos; al machete no le va vaina de seda, ni el país que se
ganó con lanzón se puede echar el lanzón atrás, porque se enoja y se pone en la
puerta del Congreso de Iturbide «a que le hagan emperador al rubio». Estos
países se salvarán porque, con el genio de la moderación que parece imperar,
por la armonía serena de la Naturaleza, en el continente de la luz, y por el
influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo
y falansterio en que se empaña la generación anterior, le está naciendo a
América, en estos tiempos reales, el hombre real.
Éramos
una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño.
Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el
chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba
vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar a sus
hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y
desconocido, entre la olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía,
ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura. Éramos
charreteras y togas, en países que venían al mundo con la alpargata en los pies
y la vincha en la cabeza. El genio hubiera estado en hermanar, con la caridad
del corazón y con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la toga; en
desestancar al indio; en ir haciendo lado al negro suficiente; en ajustar la
libertad al cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella. Nos quedó el
oidor, y el general, y el letrado, y el prebendado. La juventud angélica, como
de los brazos de un pulpo, echaba al Cielo, para caer con gloria estéril, la
cabeza, coronada de nubes. El pueblo natural, con el empuje del instinto,
arrollaba, ciego de triunfo, los bastones de oro. Ni el libro europeo, ni el
libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio, y
los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil de la resistencia
del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el
campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación
natural, tempestuosa e inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor.
Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. «¿Cómo somos?» se preguntan; y unos
a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no van
a buscar la solución a Dantzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el
pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa
al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura del sudor.
Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta
generación. El vino, de plátano; y si
sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un país
han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no
caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la
libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república
no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república. El tigre
de adentro se echa por al hendija, y el tigre de afuera. El general sujeta en
la marcha la caballería al paso de los infantes. O si deja a la zaga a los
infantes, le envuelve el enemigo la caballería. Estrategia es política. Los
pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un
solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse
hasta los infelices y alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón
deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando, por las venas, la
sangre natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se
saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los
estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar,
pero no para copiar. Los economistas estudian la dificultad en sus orígenes.
Los oradores empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos traen los caracteres
nativos a la escena. Las academias discuten temas viables. La poesía se corta
la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La
prosa, centelleante y cernida, va cargada de idea. Los gobernadores, en las
repúblicas de indios, aprenden indio.
De
todos sus peligros se va salvando América.
Sobre algunas repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del
equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los
siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas,
ponen coche de viento y de cochero a una pompa de jabón; el lujo venenoso,
enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero.
Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el
carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca
que puede devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no
le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre
los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque,
demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce
y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con
la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles; como la hora
del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el predominio de lo
más puro de su sangre, la América del Norte, o en que pudieran lanzarla sus
masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista y el interés de un
caudillo hábil , no está tan cercana aún a los ojos del más espantadizo, que no
dé tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera
encara y desviarla; como su decoro de república pone a la América del Norte,
ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la
provocación pueril o la arrogancia ostentosa o la discordia parricida de
nuestra América, el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una
en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con
sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las
venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable,
que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día
de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para
que no la desdeñe. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las
manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de
él. Hay que dar ocasión a lo mejor para
que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos
han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para
quien no les dice a tiempo la verdad.
No hay
odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de
lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y
el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde
resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal
del hombre. El alma emana, igual y
eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad
el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas. Pero en el
amasijo de los pueblos se condensan, en la cercanía de otros pueblos diversos,
caracteres peculiares y activos, de ideas y de hábitos, de ensanche y
adquisición, de vanidad y de avaricia, que del estado latente de preocupaciones
nacionales pudieran, en un período de desorden interno o de precipitación del
carácter acumulado del país, trocarse en amenaza grave para las tierras
vecinas, aisladas y débiles, que el país fuerte declara perecederas e
inferiores. Pensar es servir. Ni ha de suponerse, por antipatía de aldea, una
maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente, porque no habla nuestro
idioma, ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras
políticas, que son diferentes de las nuestras; ni tiene en mucho a los hombres
biliosos y trigueños, ni mira caritativo, desde su eminencia aún mal segura, a
los que, con menos favor de la Historia, suben a tramos heroicos la vía de las
repúblicas; ni se han de esconder los datos patentes del problema que puede
resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y la unión
tácita y urgente del alma continental. ¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el
camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a
Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones
románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la
América nueva!