El infierno de Dante y la filosofía de San Anselmo, San Agustín y Santo Tomás de Aquino.

 

-- María López Torres  (estudiante de Humanidades 3201)

 

          El infierno de Dante está dividido en nueve círculos, con sus recintos, donde son atormentadas las almas de aquellas personas que en vida no fueron fieles a Dios y a sus leyes. Cada pecado es castigado en un recinto diferente dependiendo de la magnitud de éste.

            La temperatura del infierno va desde un calor intenso (lago de fuego), hasta un violento frío (lago de hielo) Esto puede interpretarse, viendo al fuego, simultáneamente, como vida y como martirio. Las almas que se encuentran en los recintos más calientes, son las de aquellas personas cuyos pecados son de menor magnitud. Son pecados causados por del descontrol de las emociones naturales de la vida, por ejemplo, el deseo, que en exceso se convierte en lujuria lleva a la infidelidad y a otros pecados derivados de este descontrol. Así, la ira en exceso lleva a la persona a violentarse contra los demás y contra sí mismo. Este fuego que en vida los llevó a descarriarse, los quema y atormenta después de la muerte.

            A medida que el infierno se hace mas frío, se hallan las almas de las personas que aun en vida ya se hallaban muertas.  Estas eran personas que vivían sólo para sí mismas, ajenas a la vida misma (suicidas, masoquistas, fraudulentos y el mayor de los traicioneros Lucifer)

            A las puertas del infierno se halla una inscripción en la cual su última línea lee:  

  "OH vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!" Por esperanza se entiende el bien de la sabiduría, porque aquellos que entran al infierno han ido contra la voluntad de Dio porque no han sentido o creído la existencia de Dios. San Anselmo llama a estas personas los insensatos, pues Dios es "aquello mayor de lo cual nada puede pensarse," y por lo tanto aunque no pueda verse existe, porque todos y todo estamos contenidos en él. El insensato no comprende esto, y niega la existencia de Dios. Aquellas personas que han entrado al infierno han cometido algún pecado, un mal.

     Según Santo Tomás de Aquino, el mal es la privación del bien, es todo aquello que obstaculiza la preservación de todo lo que existe. Las personas que han obrado mal, son aquellas que se han ido en contra de su naturaleza, y por lo tanto  han evitado así su propio y próspero desarrollo o el desarrollo de los demás.  Ya que, para Tomás, la naturaleza es la creación perfecta de Dios, hacer el mal  y cometer pecado es tornarse en contra de la perfección divina y ello constituye un pecado merecedor de los castigos del infierno. Al entrar al infierno y perder toda esperanza, estas personas pierden la posibilidad de llegar al bien, a la sabiduría y al entendimiento, en este caso Dios y el Paraíso.

            Para dar un ejemplo de lo aquí expuesto, voy a analizar algunos de los círculos, pecados y castigos, en el infierno de Dante.

           

            Voy a comenzar con el segundo círculo donde se encuentran los lujuriosos. Allí se encuentran las almas que por pasión causaron o fueron causa de grandes males: Aquiles quien por amor se vio dirigido a combatir y a matar; Elena, quien, causó por su descuido erótico la Guerra de Troya. En este círculo Dante habla con el alma de Francisca de Rimini. Guiados por la lujuria Francisca y Pablo cayeron uno en brazos del otro, cometiendo Francisca infidelidad a su marido, y Pablo a su hermano, esposo de Francisca. Además de cometer el pecado, fueron causa de uno, pues el hermano de Pablo, llevado por la ira, los asesina.

            En este círculo, las almas de los lujuriosos son castigadas dentro de una tromba donde están obligados a dar vueltas y vueltas sin descanso, hasta toparse con la valla que los encierra. Este castigo es una metáfora de su pecado, pues los lujuriosos entran a la tromba confiados, y se envuelven en sus giros sin pensar en las consecuencias hasta que se hallan cara a cara con ellas (valla), y ya teniéndolas de frente cuando es muy tarde las sufren. Pero estos espíritus no entran voluntariamente y sin ver las consecuencias de los giros de la pasión desmedida a la tromba, cual los lujuriosos en vida, sino que en su castigo, ven estas consecuencias y las sufren constantemente, y una y otra vez se dan contra la valla, sufriendo sin cesar las consecuencias de su pecado.

            San Agustín habla de la prudencia, el "amor que discrimina sagazmente lo que le asiste de lo que le impide." Los lujuriosos no lograron discriminar el bien del mal dentro de su amor. Por ser insensatos e imprudentes, obraron en contra de la naturaleza del bien, causando el mal y mereciendo así el infierno. San Agustín dice: "Ahora, te amas a ti mismo saludablemente si amas a Dios más que a ti mismo." Si amas a Dios no haz de violar sus leyes, ni de ir en contra de la naturaleza creada por Él. Los lujuriosos olvidaron las leyes de Dios y fueron en contra de su naturaleza, perdiendo así el amor saludable por sí mismos.

                El séptimo círculo del infierno está reservado para los violentos. El mismo está guardado por el Minotauro, quien al percatarse de la presencia de Dante y Virgilio, violenta contra sí mismo y se muerde.

            En el segundo recinto de este círculo se hallan los violentos contra sí mismos. Los suicidas se hallan aprisionados en árboles que en lugar de frutas, tenían espinas. Sus hojas eran devoradas por las Arpías de manera que los espíritus se lamentaban constantemente. Estos tratan de recoger sus despojos sin éxito, ya que jamás podrán revestirse con “lo que uno se ha quitado voluntariamente”. Aunque queriendo escapar su suerte de árboles infernales regresando a su cuerpo, no les es permitido, porque voluntariamente salieron ellos de allí. Para aumentar su castigo, son convertidos en árboles, estructura que en el mundo es casi inmortal, milenaria y, durante toda la eternidad, se ven obligados a sufrir los dolores del suicidio, intentando salir de su nuevo cuerpo de árbol sin ningún éxito.

             Para la filosofía medieval, el mal es causa de la privación del bien.  El mal es  el evitar el desarrollo natural de lo que existe. Según Santo Tomás de Aquino, se puede hablar del mal si la sustancia carece de lo que debe tener por naturaleza, en este caso, como diría San Agustín un amor propio saludable. Por esto, cometen violencia contra sí mismos y se suicidan. Estas personas van en contra de la naturaleza, la cual establece el ciclo de vida desde el nacimiento hasta la muerte de una persona. Estas personas interrumpen el ciclo al quitarse la vida, privándose así de su desarrollo natural y su preservación. De este modo ocasionan un mal, ya que según Santo Tomás de Aquino, la privación siempre incluye la razón del mal.

 

            En otros círculos también hallamos el pecado de la gula, a los avaros y, a los perezosos. Estas  personas faltas de inteligencia y sabiduría buscaban un bien en el placer y olvidaron todo lo demás, centrándose tan sólo en el placer que hallaron para sí mismos. No se reconocieron en la definición de amor que da San Agustín, según la cual el individuo  ha de aprehender que él o ella es miembro de una colectividad y no un simple individuo. Estas personas se encierran en su placer y en sí mismos, alejándose lo más posible del mundo y las personas que los rodean. Como diría Santo Tomás de Aquino, estas personas puede que tengan un conocimiento de la existencia de Dios “en el sentido de que Dios es la felicidad del hombre”; así que, queriendo ser feliz el hombre reconoce a Dios, en lugar de en la bienaventuranza, en los placeres. Y es aquí donde ocurre la privación del bien, o sea el mal, por causa de la “insensatez”, pues el hombre no reconoce a Dios como ser divino y supremo, “aquello mayor de lo cual nada puede pensarse”, sino que lo reconoce en un mero placer mundano.

 

            En todos los círculos del infierno, a excepción quizás del Limbo[1], se hallan almas de personas cuyos pecados se basan en la insensatez que plantea San Anselmo, la privación del bien que plantea Santo Tomás de Aquino, y la falta de amor verdadero y virtud que plantea San Agustín.

 



[1] -Limbo- círculo donde se hallan las personas, que no cometieron los pecados que los harían merecedores del infierno, pero que nacieron antes del surgimiento del cristianismo y no adoraron a Dios de la manera requerida, o no fueron bautizados y por lo tanto, tampoco son merecedores de El Paraíso.

 

© María López Torres 2000