
El infierno de Dante y la filosofía de San
Anselmo, San Agustín y Santo Tomás de Aquino.
El infierno de Dante está dividido en nueve círculos, con sus recintos, donde son atormentadas las almas de aquellas personas que en vida no fueron fieles a Dios y a sus leyes. Cada pecado es castigado en un recinto diferente dependiendo de la magnitud de éste.
La temperatura del
infierno va desde un calor intenso (lago de fuego), hasta un violento frío
(lago de hielo) Esto puede interpretarse, viendo al fuego, simultáneamente,
como vida y como martirio. Las almas que se encuentran en los recintos más
calientes, son las de aquellas personas cuyos pecados son de menor magnitud.
Son pecados causados por del descontrol de las emociones naturales de la vida, por ejemplo, el deseo, que en exceso se convierte en lujuria lleva a la infidelidad y a otros pecados derivados de este descontrol. Así, la ira en exceso lleva a la persona a violentarse contra los demás y contra sí mismo. Este fuego que en vida los llevó a descarriarse, los quema y atormenta después de la muerte.
A medida que el infierno
se hace mas frío, se hallan las almas de las personas que aun en vida ya se
hallaban muertas. Estas eran personas que vivían sólo para sí mismas, ajenas a la vida misma (suicidas, masoquistas, fraudulentos y el mayor de los
traicioneros Lucifer)
A las puertas del infierno se halla una inscripción en la cual su última línea lee:
"OH vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!" Por esperanza se entiende el bien de la sabiduría, porque aquellos que entran al infierno han ido contra la voluntad de Dio porque no han sentido o creído la existencia de Dios. San Anselmo llama a estas personas los insensatos, pues Dios es
"aquello mayor de lo cual nada puede pensarse," y por lo tanto aunque no pueda verse existe, porque todos y
todo estamos contenidos en él. El insensato no comprende esto, y niega la
existencia de Dios. Aquellas personas que han entrado al infierno han cometido algún pecado, un mal.
Según Santo Tomás de Aquino, el
mal es la privación del bien, es todo aquello que obstaculiza la preservación
de todo lo que existe. Las personas que han obrado mal, son aquellas que se han
ido en contra de su naturaleza, y por lo tanto
han evitado así su propio y próspero desarrollo o el desarrollo de los
demás. Ya que, para Tomás, la
naturaleza es la creación perfecta de Dios, hacer el mal y cometer pecado es tornarse en contra de la
perfección divina y ello constituye un pecado merecedor de los castigos del
infierno. Al entrar al infierno y perder toda esperanza, estas personas pierden
la posibilidad de llegar al bien, a la sabiduría y al entendimiento, en este
caso Dios y el Paraíso.
Para dar un ejemplo de lo
aquí expuesto, voy a analizar algunos de los círculos, pecados y castigos, en
el infierno de Dante.
Voy a comenzar con el
segundo círculo donde se encuentran los lujuriosos. Allí se encuentran las
almas que por pasión causaron o fueron causa de grandes males: Aquiles quien
por amor se vio dirigido a combatir y a matar; Elena, quien, causó por su
descuido erótico la Guerra de Troya. En este círculo Dante habla con el alma de
Francisca de Rimini. Guiados por la lujuria Francisca y Pablo cayeron uno en
brazos del otro, cometiendo Francisca infidelidad a su marido, y Pablo a su
hermano, esposo de Francisca. Además de cometer el pecado, fueron causa de uno,
pues el hermano de Pablo, llevado por la ira, los asesina.
En este círculo, las almas
de los lujuriosos son castigadas dentro de una tromba donde están obligados a
dar vueltas y vueltas sin descanso, hasta toparse con la valla que los
encierra. Este castigo es una metáfora de su pecado, pues los lujuriosos entran
a la tromba confiados, y se envuelven en sus giros sin pensar en las
consecuencias hasta que se hallan cara a cara con ellas (valla), y ya
teniéndolas de frente cuando es muy tarde las sufren. Pero estos espíritus no
entran voluntariamente y sin ver las consecuencias de los giros de la pasión
desmedida a la tromba, cual los lujuriosos en vida, sino que en su castigo, ven
estas consecuencias y las sufren constantemente, y una y otra vez se dan contra
la valla, sufriendo sin cesar las consecuencias de su pecado.
San Agustín habla de la
prudencia, el "amor que discrimina sagazmente lo que le asiste de lo que
le impide." Los lujuriosos no lograron discriminar el bien del mal dentro de su amor. Por ser insensatos e imprudentes, obraron en contra de la
naturaleza del bien, causando el mal y mereciendo así el infierno. San Agustín
dice: "Ahora, te amas a ti mismo saludablemente si amas a Dios más que a
ti mismo." Si amas a Dios no haz de violar sus leyes, ni de ir en contra
de la naturaleza creada por Él. Los lujuriosos olvidaron las leyes de Dios y
fueron en contra de su naturaleza, perdiendo así el amor saludable por sí
mismos.
El séptimo círculo
del infierno está reservado para los violentos. El mismo está guardado por el
Minotauro, quien al percatarse de la presencia de Dante y Virgilio, violenta
contra sí mismo y se muerde.
En el segundo recinto de
este círculo se hallan los violentos contra sí mismos. Los suicidas se hallan
aprisionados en árboles que en lugar de frutas, tenían espinas. Sus hojas eran
devoradas por las Arpías de manera que los espíritus se lamentaban
constantemente. Estos tratan de recoger sus despojos sin éxito, ya que jamás
podrán revestirse con “lo que uno se ha quitado voluntariamente”. Aunque
queriendo escapar su suerte de árboles infernales regresando a su cuerpo, no
les es permitido, porque voluntariamente salieron ellos de allí. Para aumentar
su castigo, son convertidos en árboles, estructura que en el mundo es casi
inmortal, milenaria y, durante toda la eternidad, se ven obligados a sufrir los
dolores del suicidio, intentando salir de su nuevo cuerpo de árbol sin ningún
éxito.
Para la filosofía medieval, el mal es causa de la privación del bien. El mal es el evitar el desarrollo natural de lo que existe. Según Santo Tomás de Aquino, se puede hablar del mal si la sustancia carece de lo que debe tener por naturaleza, en este caso, como diría San Agustín un amor propio saludable. Por esto, cometen violencia contra sí mismos y se suicidan. Estas personas van en contra de la naturaleza, la cual establece el ciclo de vida desde el nacimiento hasta la muerte de una persona. Estas personas interrumpen el ciclo al quitarse la vida, privándose así de su desarrollo natural y su preservación. De este modo ocasionan un mal, ya que según Santo Tomás de Aquino, la privación siempre incluye la razón del mal.
En otros círculos también hallamos el pecado de la gula,
a los avaros y, a los perezosos. Estas personas faltas de inteligencia y sabiduría buscaban un bien en el
placer y olvidaron todo lo demás, centrándose tan sólo en el placer que hallaron
para sí mismos. No se reconocieron en la definición de amor que da San Agustín,
según la cual el individuo ha de
aprehender que él o ella es miembro de una colectividad y no un simple
individuo. Estas personas se encierran en su placer y en sí mismos, alejándose
lo más posible del mundo y las personas que los rodean. Como diría Santo Tomás
de Aquino, estas personas puede que tengan un conocimiento de la existencia de
Dios “en el sentido de que Dios es la felicidad del hombre”; así que, queriendo
ser feliz el hombre reconoce a Dios, en lugar de en la bienaventuranza, en los
placeres. Y es aquí donde ocurre la privación del bien, o sea el mal, por causa
de la “insensatez”, pues el hombre no reconoce a Dios como ser divino y
supremo, “aquello mayor de lo cual nada puede pensarse”, sino que lo reconoce
en un mero placer mundano.
En todos los círculos del
infierno, a excepción quizás del Limbo[1], se hallan almas de
personas cuyos pecados se basan en la insensatez que plantea San Anselmo, la
privación del bien que plantea Santo Tomás de Aquino, y la falta de amor
verdadero y virtud que plantea San Agustín.
[1] -Limbo- círculo donde se hallan las personas, que no cometieron los pecados
que los harían merecedores del infierno, pero que nacieron antes del
surgimiento del cristianismo y no adoraron a Dios de la manera requerida, o no
fueron bautizados y por lo tanto, tampoco son merecedores de El Paraíso.
© María López Torres 2000